Tributo al perro realengo

Por: Jose Luis Taveras

La grandeza de este ser reside justamente en su insignificancia. Yo diría que es la hierba del mundo animal. Tan cotidiano y vano que su presencia pasa más inadvertida que su ausencia. Se enreda con el paisaje, la gente y la vida: es rutina, bocado y lucha; un rudo conviviente del infortunio humano y testigo sigiloso del mal vivir.

El realengo, según los patrones genéticos de la raza canina, es un perro mestizo de ascendencia desconocida cuya mezcla o cruce se desarrolló espontáneamente sin la intervención ni selección humanas. En palabras más crueles, es un despojo o eructo de la naturaleza animal; una criatura residual que, a pesar de su razón instintiva para presentir el destino, ignora su origen bastardo, aunque lo intuye en su vergüenza temperamental. Su padre putativo y tutor es el barrio.

Los realengos son una comunidad canina universalmente dispersa y arrimada, trenzada por la misma realidad: la miseria, padecida como maldición ancestral. Lo único que cambia en su historia es la forma de llamarlo: en Chile, “kilterrys”; en Costa Rica, “zaguates”; en Panamá, “tinaqueros”; en Guatemala, “chuminos”; aquí, “viralatas”.

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El perro realengo es expresión endémica de la marginalidad tanto como el óxido, los parásitos, la mugre, la violencia y el hambre; un ciudadano militante de la pobreza: la respira, la lame y hasta calca su carácter sumiso y apocado. Su piel ceniza y pelada, arrastrada en los matorrales urbanos, huele a arenque, a concón trasnochado, a aceite recocido y a mugre sarnosa. Es poeta errante y artesano de las andanzas audaces. Su hocico, como una brújula de la sobrevivencia, araña, aun sin garras, las pestilencias más nutritivas de los vertederos y zafacones. De la mano del tigueraje lo he visto beber cerveza, bailar merengue, masticar menta, ladrar un dembow y hacer “perrerías” con las piernas de las muchachas.

Solo un aprendiz de brujo puede discernir dónde acaba el perro y comienza el barrio: una frontera existencial sutil e indescifrable. Del barrio, el realengo es tatuaje, apellido y escudo de armas; del perro, el barrio es espacio, aire, vida y tiempo.

El realengo es un tigre del arrabal, un domador de las adversidades, un buscavidas impenitente. Es espectacular verlo actuar tras guiones inéditos de sobrevivencia. Me seduce la gracia con la que logra las transiciones expresivas más impensadas: cuando deja caer sus ojos mustios (a lo Silvester Stallone) mientras vela por un muslo de pollo o cuando, sobreactuando, exagera ladridos conmovedores por una reprimenda absolutamente inofensiva. De los humanos el realengo ha aprendido a fingir, a mentir y a robar. Como buen diputado con su pistola, el realengo anda armado de una pena culposa para despertar la parca conmiseración barrial; esconde su fingimiento detrás de una mirada nerviosa, esquiva y bochornosa. Si sabe que no es persuasivo, entonces hocica los pies de los comensales y suelta ladridos exasperados como último dictamen del hambre.  

El desgraciado animal parece tan humano que hasta asusta. Él sabe quién es quién en el barrio. Para husmear, se acuesta al pie de la mesa de dominó, al lado del mostrador del colmadón, en la acera de los tígueres, al frente del destacamento policial, en los umbrales de las barberías, en los angostos despachos de las bancas de apuestas. No cae en ganchos: se mantiene distante de los puntos de droga, de la querida del coronel, del joven párroco cuando imparte catequesis a los niños y respeta al “pesao” del barrio como un devoto al altar. No falta a un velatorio; es el primer testigo de una inundación, de una muerte violenta, de un maltrato doméstico, de un abuso infantil, de una infidelidad o de una pelea de greñas por el mismo varón. No hay grabación ni reporte noticioso donde no aparezca como espectro macilento de las desgracias barriales. Hace mejor papel que la defensora del pueblo.

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Es estos tiempos de vanaglorias mediocres en los que cualquier esperpento merece el nombre de una calle, un día de duelo nacional o el nombramiento de su viuda en un despacho gubernamental, abogo por la erección sin Viagra de una estatua al perro realengo como monumento canino al “viralata desconocido”, un santuario cívico más grande que la torre parisina del alcalde Francisco Peña, por ser un imperativo de interés público y de justicia social. ¡Cógelo, Leal!

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