OPINION: Quisqueya en la encrucijada medioambiental. Por Leonardo Jaquez

Nuestra República Dominicana es sin lugar a dudas un país bendecido con una biodiversidad exuberante, playas exóticas de arena blanca y paisajes montañosos, que se encuentra en estos momentos sumergida en una encrucijada crítica en lo que respecta a su situación medioambiental. A pesar de los esfuerzos de grupos ambientalistas, la sociedad civil y algunas iniciativas gubernamentales, la degradación de los recursos naturales en las últimas décadas avanza a un ritmo alarmante, amenazando no solo el patrimonio natural de la isla, sino también el bienestar y las condiciones materiales de vida de las presentes y futuras generaciones.

Uno de los desafíos más apremiantes lo es la tala ilegal de árboles para la producción de carbón vegetal, la expansión agrícola desordenada y el desarrollo inmobiliario insostenible que están diezmando nuestras ya vulnerables cuencas hidrográficas y bosques. Las consecuencias son palpables: mayor erosión del suelo, sedimentación de ríos y presas, y una disminución preocupante en la disponibilidad de agua dulce, un recurso ya escaso en muchas zonas del país. Las sequías recurrentes, exacerbadas por el cambio climático, intensifican esta problemática, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria y la salud pública.

Paralelamente, la gestión de residuos sólidos sigue siendo un talón de Aquiles. Vertederos a cielo abierto, desbordados y mal gestionados, contaminan el aire, el suelo y las aguas subterráneas, representando un grave riesgo para la salud humana y los ecosistemas. La falta de una cultura de reciclaje y separación de la basura, sumada a la insuficiencia de infraestructura para el tratamiento de desechos, contribuye a este paisaje desolador. Es común ver plásticos y basura arrastrados por los ríos hasta nuestras paradisíacas costas afectando la vida marina y empañando la imagen de nuestro principal motor económico como lo es el sector del turismo.

La contaminación de nuestras costas y ecosistemas marinos provocado por las descargas irresponsables de aguas residuales sin tratar, la escorrentía agrícola con pesticidas y fertilizantes, y el vertido de basura están asfixiando nuestros arrecifes de coral, manglares y praderas marinas, vitales para la biodiversidad y la protección costera. El blanqueamiento de corales, la disminución de poblaciones de peces y la proliferación de algas nocivas son señales claras de un ecosistema en estado de emergencia.

Si bien la magnitud de estos desafíos puede parecer abrumador, es imperativo reconocer que aún estamos a tiempo de revertir esta tendencia. Se requiere un compromiso multisectorial y una visión a largo plazo. Desde el ámbito gubernamental, es crucial fortalecer la aplicación de las leyes ambientales existentes, promover políticas de desarrollo sostenible que prioricen la conservación, e invertir en infraestructura adecuada para la gestión de residuos y el tratamiento de aguas.

Pero la responsabilidad no recae únicamente en el Estado ya que la sociedad civil organizada, las comunidades locales, el sector privado y cada ciudadano deben desempeñar un papel determinante para contener esta deriva medioambiental que nos está afectando. Para ello, también es necesario fomentar una cultura de conciencia ambiental desde la niñez, en el hogar y desde el sistema educativo, promover prácticas de consumo responsable, apoyar iniciativas de reciclaje y participar activamente en proyectos de reforestación y limpieza. El sector turístico, motor de nuestra economía, debe liderar todo esto con el ejemplo, adoptando prácticas responsables y sostenibles que minimicen su huella ambiental.

Sin lugar a dudas, la República Dominicana se encuentra en un punto de inflexión, por lo que no debería ignorarse la gravedad de la situación medioambiental implementándose las medidas necesarias para evitar afectar la calidad de vida de las futuras generaciones. Es hora de pasar de las palabras a la acción, de la indiferencia al compromiso. Para ello se hace necesario el esfuerzo sostenido de todos para garantizar que «Quisqueya la Bella» conserve su esplendor natural y siga siendo el paraíso que todos desean visitar y disfrutar. El tiempo apremia, y la urgencia de actuar es innegable.

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