El racismo en Estados Unidos hunde sus raíces en su propia historia originaria

EL auge del racismo en Estados Unidos es un hecho que casi nadie pone en duda. Ni siquiera las Naciones Unidas, que han alertado sobre el fenómeno. Especialmente desde que la crisis económica del 2007 arruinó a centenares de familias de clase media blanca que han visto peligrar su estatus económico y social en las empobrecidas ciudades industriales. Desde entonces, movimientos supremacistas como Alt-Right y otros colectivos de la extrema derecha blanca han ido extendiendo su dominio a través de las redes, un fenómeno anterior a la llegada de Donald Trump a la presidencia, cuya elección apoyaron y cuya victoria les ha potenciado.

El racismo en Estados Unidos hunde sus raíces en la propia historia. Nadie esconde en la actualidad que el padre de la Constitución, todavía un fundamental referente democrático, Thomas Jefferson, fue un esclavista. Pero el movimiento contra la segregación racial de los años sesenta del siglo pasado es también un referente mundial. En la actualidad, cincuenta años después del asesinato de Martin Luther King –cometido el 4 de abril de 1968–, muchos se preguntan hoy si la lucha del líder por los derechos civiles sigue vigente en los mismos términos que entonces, a pesar de que el penúltimo presidente del país, Barack Obama, fue un afroamericano.

Entre los muchos elementos para la reflexión, está el dato del aumento de los grupos de odio en Estados Unidos. Definidos como aquellos colectivos que por sus actuaciones e ideología demonizan a otros grupos de personas, según la oenegé Southern Poverty Law Center (SPLC), han aumentado en un 20% desde el 2014 y en un 22% si se trata de grupos nacionalistas blancos y neonazis. También han aumentado en un porcentaje aún mayor los grupos de odio negros, debido fundamentalmente al crecimiento de incidentes raciales y a las impresentables actuaciones policiales contra los afroamericanos. Hace pocos días se celebró en Sacramento (California) el funeral por un afroamericano acribillado en su casa cuando exhibía un móvil ante la policía. Un incidente más.

El racismo rampante en Estados Unidos se asocia, de hecho, con movimientos como la homofobia, la violencia sexual y de género, el machismo, el antiislamismo o el antisemitismo y el antiizquierdismo, de forma que cuando se produce un encontronazo entre ambos bandos, como el del pasado mes de agosto en Charlottesville, que asoló aquella tranquila ciudad de Virginia, da la sensación de que es producto de una tormenta perfecta a la que no son ajenos la historia, los prejuicios ni por supuesto las declaraciones de un presidente, Donald Trump, que apenas hace tres meses calificó de “mierda” los países africanos.

La ruptura de las barreras raciales – color line– de los últimos cincuenta años está sufriendo un grave retroceso ­alimentada por los efectos de la crisis económica en algunos sectores blancos, la propagación de ideologías supremacistas a partir de noticias falsas y el acceso al poder de sectores considerados hasta hace poco marginales o simplemente a punto de desaparecer, como el Ku Klux Klan, que ahora parece reverdecer. El líder del movimiento Alt- Right fue visto durante la pasada campaña electoral apoyando al candidato republicano al grito de “Heil, Trump”, acompañado de decenas de correligionarios haciendo el saludo nazi.

Estados Unidos es un país democrático y maduro que logrará superar, sin duda, este fenómeno de reaparición del racismo. Pero sus dirigentes deben emplearse con cierta urgencia si quieren cortar la cabeza de la serpiente y evitarse males mayores.

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