Jose Luis Taveras: «Haití, más que nación es un conglomerado humano de estructura tribal sin más conciencia que el hambre»

Articulo de opinión escrito por el intelectual Jose Luis Taveras:

Es posible que en la estimación de los gobiernos de Medina se proclamen como logros históricos de su política exterior la apertura de las relaciones con China Popular y el ingreso del país al Consejo de Seguridad de la ONU. No somos porfiados ni regateros: son indiscutibles aciertos. Sin embargo, la suma de los dos hitos no representa ni un tercio de lo que significaría abrir una nueva era en las relaciones con Haití. Nótese que no aludo a agenda, estrategia ni política; me refiero a otra historia, la que nunca hemos contado. Y es que desde la independencia de la República al sol de hoy Haití ha sido uno de nuestros más oscuros tabúes. Hemos preferido corretear con la ignorancia como forma de silenciar la culpa, pero no podrá redimirnos de las consecuencias de esa dejadez. Haití hoy se nos ha hecho grande como desafío que demanda una atención de igual talla, esa que los gobiernos han excusado de mil maneras. A pesar de que las señales son oscuras, se revelan cada día más claras y pocos han querido advertirlas, creyendo que con esa actitud evitamos los enormes peligros que se amontonan. Desconocer tal realidad es más siniestro que el destino que nos aguarda.

Qué pena que los fanatismos nos hayan separado inútilmente en un reto que por apremio y magnitud debiera convocar la unidad de todos. Sépanlo bien: Haití es más que un problema migratorio. La amenaza que se cierne afuera es tan sensible como la que late adentro. Es una bomba social activada que enreda la supervivencia de los Estados. Me importan un bledo las banderías que de lado y lado se empuñen prejuiciosamente, y sé que no muy pocos me acusarán de tremendista, pero mientras retozamos indolentemente con esta tragedia la inviabilidad de Haití se consuma como hecho irreversible que marcará hondamente nuestro propio devenir.

En Haití la premisa de futuro es inexistente. Es un Estado eufemístico e ingobernable. No hay bases de organización social. Más que nación es un conglomerado humano de estructura tribal sin más conciencia que el hambre. Ayudar a Haití es un problema insoluble porque no hay canales seguros para que esa asistencia se haga racionalmente efectiva. Un país cuya principal fuente de ingreso son las remesas de la diáspora y la caridad internacional es una verdadera parodia. Haití no ha transitado siquiera por la fase de la industrialización en su evolución productiva y algo más de la mitad de la población vive bajo los estándares de la Edad Media. Con una agricultura conuquera y depredadora que ha dejado solo un 0.32 % de su territorio en bosque original (mientras que la República Dominicana conserva un 39 %), nos relata un verdadero drama. Pese a esas circunstancias, los índices de natalidad son altos, con una población que aumenta en promedio un 2 % anual, de manera que cualquier crecimiento del PIB por debajo de ese porcentaje es insuficiente para compensar las presiones demográficas. Entre 1990 y 2015 Haití ¡duplicó su población! para una esperanza de vida de ¡64 años! Haití vive bajo una amenaza permanente de una catástrofe sanitaria con secuelas irredimibles para la República Dominicana. La tasa de mortalidad materna es de 359 por cada cien mil y la de mortalidad infantil de 59 por cada mil nacidos vivos (la de la República Dominicana es 92 por cada cien mil y la de mortalidad infantil 18 por cada mil nacidos vivos). La proporción de la población que utiliza fuentes mejoradas de abastecimiento de agua potable es de apenas 58 % y solo un 28 % utiliza instalaciones de saneamiento mejoradas.

Los instintos no tienen arraigo y el hambre no razona: cualquier crisis social en un país endémicamente violento e ingobernable detona una hambruna que empujará en avalancha grandes oleadas humanas hacia el este de la isla. No hay que esperar peores condiciones: están dadas. Es cuestión de momento político.

En la República Dominicana se vive otra tragedia: una buena parte de la nación juega con ese futuro como una distracción rutinaria. Hacer política de candilejas con un problema tan grave es obsceno. Los políticos, conscientes de que el tema provoca simpatías, en vez de afrontarlo con propuestas serias avivan neciamente los prejuicios. Eso es irresponsablemente cruel.

Si hay una agenda que no debe gestionarse con emotividades, ligerezas ni pasiones es precisamente esa. Aquí pocos líderes han entendido la real dimensión del problema. Su interés es explotarlo electoralmente. Ningún partido ni gobierno tiene un plan de política internacional sobre Haití fuera del asunto migratorio, que por demás es una clase pendiente. Haití no solo es frontera. ¿Cuáles han sido las propuestas presentadas por el país en los principales foros internacionales para comprometer a la comunidad internacional más allá de la precaria ayuda humanitaria? ¿Tiene el gobierno dominicano algún reclamo ante el mundo? Nos quejamos de la injerencia internacional, pero ¿qué hemos hecho nosotros para evitar sus veladas imposiciones? Es vergonzoso aceptar que sean otros países del hemisferio los que nos digan qué hacer. Ningún candidato que venga con salidas simplonas, fanfarronas o improvisadas sobre el tema haitiano merece respeto electoral. Más que consignas, necesitamos programas concretos sujetos a planes de ejecución e inclusiones presupuestarias.

Haití es para la República Dominicana un tema de sobrevivencia y ninguna oferta electoral honesta puede acreditarse con emotividades fachosas y demagógicas. Cualquier iluso que venga con la promesa de solucionar un problema de siglos en cien días es un vendutero. El gobierno ha claudicado, hasta los arrebatos de avalentamiento son teatrales; simples golpes de efecto político que se disipan con otros ruidos. No podemos seguir alimentando quimeras: nadie hará por nosotros lo que no podemos hacer por nuestros propios esfuerzos. Ahora o nunca.