Diandino y los multimillonarios del PLD. Por Elvin Calcaño

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Hoy es un hombre muy rico. Dueño de hoteles, torres y empresas en varios países. Diandino Peña nació pobre como el nace al menos el 70% de los dominicanos. Hace unas semanas fue a un programa radial a defenderse de las sospechas de enriquecimiento ilícito que, tras el reportaje de Alicia Ortega, sobre él se ciernen. Allí relató, en tono reivindicativo, que viniendo desde muy abajo, logró hacerse, a base “de trabajo”, de prestigio empresarial “mucho antes de entrar al gobierno”. Habló de su padre rifero analfabeta, de sus peripecias en el barrio y de hechos que lo impulsaron a ser lo que hoy es. Uno de los entrevistadores, evangélico adinerado él, hasta lloró.

Si eres dominicano las probabilidades de que nazcas, vivas y mueras pobre son muy altas. Diandino Peña forma parte del grupo de afortunados que nació pobre, pero vive y morirá rico. Su talento debe tener, así como disciplina y capacidad de trabajo. Cualidades muy propias de la mayoría de la gente que, viniendo de sectores populares empobrecidos, alcanza el éxito económico en sociedades capitalistas. En República Dominicana, la gente que alcanza “el éxito” es muy poca. Están los ricos de siempre y nuevos ricos. Ser rico, en este país, es sinónimo de existir y de que no se te humille ni cuestione, estructural y simbólicamente, tu humanidad.

El Partido de la Liberación (PLD), formación política fundada por Juan Bosch en 1978 en el contexto de la ruptura ideológica acontecida en el PRD de entonces, inició su accionar con una mística de partido honesto, vanguardia ilustrada del pueblo, en contraposición a la corrupción instalada por el balaguerismo. El PLD proponía la “liberación” del pueblo dominicano, subyugado por males estructurales e históricos, propios de una sociedad atrasada de capitalismo tardío, a través de la dirección de una vanguardia intérprete de las aspiraciones mayoritarias. Así instaló, aun careciendo, en un sentido gramsciano, de hegemonía cultural, en ciertas capas clasemedieras urbanas, el imaginario de que representaba “progreso”. Sus dirigentes eran, la mayoría, jóvenes profesionales y académicos de izquierda seguidores del ideario político de Juan Bosch.

Con férrea disciplina, casi sin dinero, aprovechándose del agotamiento de la hegemonía balaguerista, y de la desorganización perenne perredeísta, el PLD logró elegir diputados, regidores y otros cargos electivos a partir de los 80. En el contexto de la República Dominicana de entonces, caracterizada por fuertes crisis económicas que provocaron grandes migraciones al Norte e importantes convulsiones sociales, el PLD fue ganando la simpatía del pueblo, más allá del núcleo urbano que desde el principio lo apoyó, con su discurso de pulcritud y patriotismo liberador. Bajo el PLD, dijo Bosch, “ningún funcionario se haría rico con dinero público”.

Tras las crisis electorales de 1990 y 1994, el PLD, en alianza en segunda vuelta con el partido de Balaguer, ganó la presidencia en las elecciones de 1996 con el binomio Leonel Fernández-Jaime David Mirabal. Casi 20 años después de fundado, el PLD de la pulcritud, vanguardia ilustrada, llegaba a la cima del poder. Los tejemanejes y alianzas coyunturales que tuvo que hacer para superar el potente liderato de masas de José Francisco Peña Gómez, implicaron pactos con el balaguerismo enquistado en las instituciones, los militares trujillistas/balagueristas, las élites ricas reaccionarias y la facción conservadora y elitista de la Iglesia. Con ello, el proyecto de liberación nacional que, en sus estatutos, proponía el PLD, quedó en los papeles. Pronto se vieron los límites que, a causa de las contradicciones que en la práctica suponía dirigir el país aliado a tales sectores conservadores, arrastraba el peledeísmo. En su primer gobierno (salvo ciertos avances), de 1996 al 2000, el PLD no solucionó ninguno de los problemas estructurales/históricos del país. En su segundo gobierno (2004-2008) tampoco. En el tercero (2008-2012) tampoco. En el cuarto (2012-2016), con Danilo Medina, menos. El proyecto peledeísta, en materia de liberar el pueblo de sus lastres históricos, fracasó estrepitosamente. Pero hay dos cosas en las que ha sido espectacularmente exitoso.

Desde 1996 hasta la actualidad, exceptuando los nefastos cuatro años de Hipólito Mejía, el PLD ha gobernado ininterrumpidamente. En ese período, su cúpula dirigente construyó un efectivo modelo de control social vía el clientelismo, la cooptación de la oposición y las organizaciones de la sociedad civil y la instalación de un imaginario de “progreso” basado en la construcción de infraestructura y la racionalización de la gestión gubernamental, a la vez que el impulso de una clase media urbana consumidora-productora alienada. En lo otro que ha sido exitoso, es en propiciar el enriquecimiento abismal, sin parangón histórico, de su cúpula dirigente y allegados. Hoy día, los dirigentes del Comité Político del partido, antiguos clasemedieros de orígenes modestos, son casi todos multimillonarios. Muchos de los cuales, se presentan ante la sociedad, sobre todo, ante la élite rica tradicional, como grandes “empresarios” tan o más ricos que gente de apellidos.

El PLD creó su propia clase adinerada. Que transversa el partido, y el Estado dominicano, de múltiples formas, generando, en ese marco, independencia del partido hegemónico con respecto a la clase dominante económica. Así las cosas, el PLD convirtió en prescindible, a los fines de sus propósitos, la élite tradicional. Al mismo tiempo, hizo dependientes del dinero estatal gran parte de los medios de comunicación. De ese modo, operativiza una extensa red de voces públicas que, día tras día, lo aupan en radio, prensa escrita y televisión. En una sociedad producto de una educación pública enfocada en crear individuos obedientes que naturalizan jerarquías, tener medios de comunicación reproduciendo el discurso oficial, así como el modelo de país existente como lo único posible, ello es avasallantemente efectivo. Con su propia clase multimillonaria, y una estructura mediática domesticando las masas, el PLD ha montado su modelo hegemónico que, según Leonel Fernández, le mantendrá en el poder hasta el 2044…

Diandino Peña, es, pues, un producto acabado del modelo peledeísta. El cual precisa de tener multimillonarios fieles, que acumularon su riqueza al amparo del Estado, que sirvan de alcancía del partido y garantes de su independencia frente a las clases ricas tradicionales. En una sociedad de mayoría empobrecida, desmovilizada en el malvivir de barrios infernales y campos atrasados, los multimillonarios del PLD, en el plano simbólico/cultural, trasmiten un imaginario de éxito que asume la mayoría pobre como legítimo. Esto es, en una sociedad donde lo que se procura es sobrevivir, rompiendo con vínculos afectivos y perspectivas de solidaridad, aquel que, desde la pobreza, se hace rico, es visto como modelo a seguir. Son, entonces, los Diandino, Félix Bautista, Díaz Rúa, José Ramón Peralta, y otros, arquetipos de buenos dominicanos. Sobrevivir, y hacer cualto como sea, es a lo que aspira esta sociedad de valores invertidos donde los “capos”, las “mujeres hechas”, los funcionarios ricos y los peloteros millonarios son los referentes sociales.

El PLD y sus multimillonarios, han construido, en el poderoso plano simbólico, una sociedad amoral, adormecida, traicionera de su historia de luchas y reivindicaciones patrióticas, que será ardua tarea regenerar. Cuando llegue el momento de la caída del PLD, y de su hegemonía cultural, la cual tal vez le sobreviva por algún tiempo, habrá, pues, que hacer un duro trabajo regenerando el país. Haciendo otra República Dominicana. Aquella que el PLD de Juan Bosch en los 80 dijo liberaría. Pero que, ya vimos, no pudo hacerlo ni en su primer gobierno ni ahora con sus multimillonarios.