El caso Odebrecht y el país que está surgiendo. Por Elvin Calcaño

El dominicano promedio es una persona pobre, de escasa educación formal, un luchador de la vida que las ha pasado todas. Que vive en un barrio donde se va la luz o en un campo atrasado al cual el internet llegó hace poco. Otra parte de esos dominicanos vive en el exterior. En New York, Madrid, Barcelona, Italia, Puerto Rico, Miami y otros países y ciudades del mundo en que viven cientos de miles de compatriotas; muchos sobreviviendo. Son los dominicanos que no conocen privilegios. Lo poco o no tan poco que consiguen es en base al sacrificio. No tienen apellidos Vicini ni Bonetti ni parecen europeos ni mandan sus hijos a universidades norteamericanas. Ni tienen amigos en el Congreso ni dirigiendo ministerios. Nunca se han puesto una chaqueta o guayabera para ir a una reunión, en hotel de lujo o villa frente al mar, en la cual políticos y empresarios, millonarios todos, deciden quién gana y cómo en una contratación pública.

La clase dominante dominicana, constituida por un grupito de familias adineradas de origen extranjero, dueñas del país desde hace muchas décadas, ha vivido toda la historia de espaldas a ese dominicano promedio. Con lo que se gasta en un fin de semana de vacaciones un privilegiado de la clase adinerada, puede comer por un año cualquier familia de las clases populares. A esos ricos no les importa el dominicano pobre. Sus extractivos esquemas empresariales no requieren gente educada ni con mayores niveles de vida. Lo que precisan es un dominicano que compre sus productos de consumo básico, se endeude en sus bancos y que necesite trabajar en sus empresas por un sueldito mensual.

Por su parte, a la clase dirigente, la del PLD y sus aliados, tampoco le importa la gente. Ven al dominicano promedio, desde arriba, como parte de una masa “ignorante” a la cual manipular para mantener apartada del poder. Solo en las campañas toma alguna relevancia hablar con el pobre e ir donde vive. Con caravanas de yipetones, funditas de comida repartidas por operadores barriales y pagos de 500 pesos por ir a votar el día de elecciones, resuelven en gran medida el asunto. No ven un pueblo sino una masa que es simple clientela electoral. Así, el político dominicano, nuevo rico escasamente formado, que no tiene discurso ni maneja conceptos, no reconoce en el dominicano un sujeto sino un objeto útil a sus propósitos. De ahí que no rinda cuentas (se rinde cuentas a quien se considera gente y él no ve gente sino clientela) ni actúe en el marco de los límites que impone la ley (¿cuál ley?).

Ambas clases, dominante/económica y dirigente/política, desde el 1996, cuando inicia el proyecto peledeísta con la irrupción de una nueva generación dirigente, viven bajo acuerdo de mutuo interés. Los ricos para no perder privilegios estructurales: baja carga impositiva a la producción e importación/exportación, negocios financieros y rentas; seguir usufructuando grandes extensiones territoriales mal adquiridas; y afianzarse como intermediarios entre el gran capital extranjero y la economía local. Y la clase política para mantenerse en el poder vía el control sobre la población, al tiempo que utiliza el poder político, y los partidos entendidos como corporaciones económicas, para legitimarse socialmente mediante la acumulación de riqueza. Un maridaje que propició la corrupción descomunal que hoy tanto escandaliza. Lo cual se explica en dos razones fundamentales: primero, porque se generó un imiginario de impunidad e inexistencia de límites entre dos clases depredadoras que se construyen ontológicamente poseyendo; y segundo, derivado de lo primero, porque convirtieron al Estado, con sus leyes e instituciones, en instrumento para legalizar dicha depredación. Con todo, el Estado dominicano devino una

empresa para fabricar nuevos millonarios del PLD y aliados, y un espacio de pactar consensos y asegurar intereses para los millonarios de siempre.

Con la putrefacción que ha salido a la superficie con el caso Odebrencht, vemos cómo una minoría de ricos de siempre y nuevos ricos viven en la opulencia a expensas del dinero público. Muchos solo han denunciado los políticos. Muy pocos se han referido a lo que venimos aquí sosteniendo: que este caso es consecuencia de un esquema estructural diseñado para preservar privilegios a dos sectores que viven de espaldas a la gente. En una República Dominicana pobre, típico país desigual del mal llamado tercer mundo, existe una minoría de conectados del partido hegemónico, y millonarios de siempre, para quienes echarse al bolsillo millones de dólares es algo casi cotidiano.

Todo eso mientras que, para los dominicanos de la mayoría, conseguir la comida de la familia y poder hacerse de un techo decente donde vivir, es una verdadera batalla contra el mundo. Los dominicanos que cogen ese sol picante caribeño andando en un concho o esperando un carro público. O los viejos que no tienen pensión tras décadas de trabajo. O los infantes que han muerto en hospitales hacinados carentes de materiales y personal capacitado. O los dominicanos del extranjero que trabajan hasta siete días a la semana para mandar remesas al país. Los dominicanos de la mayoría: víctimas de dos clases depredadoras e inhumanas que han hecho de un país pobre su paraíso del dinero y la abundancia.

Ante ese espectáculo macabro debido a sus implicaciones para las mayorías, es que muchos dominicanos han reaccionado airados. Sin creer ni una palabra a los políticos, ni a los ricos (hace poco Pepín Corripio salió defendiendo al Presidente y le dijeron de todo en redes sociales), ni a las llamadas bocinas. Un país que los de arriba, en su miopía de depredadores sin visión integral ni de largo plazo, ignoraban por considerarlo “feliz” en su miseria.

Pero hay otra República Dominicana surgiendo. Cansada del abuso, de que haya un país para los pobres y otro para los ricos, de que a un pobre que se roba mil pesos se lo lleve el diablo en La Victoria mientras a un millonario del PLD le remozan y ponen aire acondicionado en la “celda” cuando cae preso por ladrón: porque unos “son gente” y otros no. Ese país está llegando. Vayan sabiéndolo clase adinerada de apellidos italianos y clase dirigente de nuevos ricos. Ese país les va a pasar por arriba y, cuando eso ocurra, ninguno de ustedes quedará bien parado. Sus torres lujosas, villas en la playa o apartamentos en Miami, nada eso les servirá el día que el malestar ciudadano, en el marco de sus demandas diversas, se articule en una sola voz. Esa voz, con la fuerza que arrastrará, seguramente hará, de sus actuales privilegios y esquemas de enriquecimiento, una polvareda. Advertidos quedan.