Los grisáceos días que vivimos en espera de un nuevo amanecer. Escrito por Leonardo Jáquez

Escrito por: Leonardo Jaquez

¡Amanecerá! Era la expresión colgada en el punto mas alto de un edificio situado frente al histórico Parque Independencia. Fleché la mirada hacia allí en momentos en que participaba en la mas importante protesta cívica  que se ha realizado en toda la historia de la República Dominicana. ¡Cárcel a los corruptos! ¡No mas impunidad! ¡Maldito Danilo, maldito Leonel! ¡Revolución coño! vociferaba con el gruñir de los dientes y el puño derecho la hastiada muchedumbre mientras dirigían su profunda mirada hacia la tribuna que se instaló en el Parque para desde allí voces del pueblo desangraran la profusa herida provocada por la clase política gobernante.

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Fue una tarde de orgías ideológicas donde lo común era la náusea que sienten los ciudadanos por la pestilencia y el tufo que brota del Estado dominicano y sus demonios. Como seguir callado ante tantos abusos y atropellos decía Carlos Desidia, un ciudadano, que según él, había permanecido toda su vida alejado de las marchas cívicas que se realizan en contra de las eyaculadoras ejecutorias del gobierno.

Amanecerá aún chispeaba hasta el mas recóndito sentido de mi ser, preguntándome una y otra vez si después de los grisáceos días que vivimos vendrá o no ese esperado momento en donde las cosas sean tan diferentes que la corrupción y la impunidad no sean referente de lo que somos como nación.

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Casi 200 años de saqueo y ordeño a un Estado que ha fungido como el inagotable surtidor y botín originario de la riqueza de una casta que no le teme al escarmiento público y a la posible avalancha de una multitud de justicieros  que aspiran a que sus vidas sean otras vidas, muy distinta a la falsa vida que nos obliga la plástica sociedad configurada por un orden político que solo aspira a perpetuar sus garras en la tan codiciada presa estatal.

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Aquel domingo patrio revivió parte de las desvanecidas esperanzas de un pueblo profundamente asqueado y escéptico. Fue como revivir de nuevo el relato histórico de lo que nuestros antepasados nos habían inoculado. Allí revivió Alberto Caamaño y su fusil, el desafío revolucionario de Manolo Tavarez Justo, allí revivieron nuestros muertos que aun permanecen vivos en un ideario nacional en el que, a veces, lo fútil parece tener mas relevancia.

Fue un soleado domingo en el que se vertieron sentimientos comunes y a la vez aislados de gente que suspira a borbotones un nuevo amanecer que de pronto no llega. Al parecer habrá que manipular las manecillas del reloj para adelantar el tiempo. Forzar las ráfagas del viento para sacudir los resortes de un poder secuestrado. Resonar los tambores de revolución y partirle el pescuezo a un enfermo cuerpo estatal.

Muchas cosas habrá que hacer para que ese tan esperado amanecer resplandezca de una vez por todas y dejemos atrás estos aciagos tiempos que vivimos.