OPINION: David Ortiz y las alarmas de seguridad. Por Valentin Medrano

He aquí la importancia del principio de igualdad. Un ser humano es un ser humano y ni su nacionalidad ni su credo ni su color podrán diferenciarlos ni resguardarlos si son sometidos a los mismos ataques.

Un acto delincuencial o criminal es el mismo donde quiera se produzca, un criminal es un criminal sin importar su origen o nación o color o credo.

En toda parte del mundo se producen actos delincuenciales con diferentes matices, siendo el más repudiable de todos el terrorismo, que victimiza de forma colectiva y malsana. Pero en todos los litorales del mundo lamentablemente hay homicidios y por ello se proscribe tanto en la ley humana como en la divina.

El ataque de que fue objeto el inmenso David Ortiz, del que falta esclarecimiento, es un hecho típico, habitual en todos los lares y que llama la atención por el estatus del afamado jugador. Un caso similar y llorado por todo el mundo ocurrió en Guatemala con el asesinato del cantante del mundo Facundo Cabral y no por ello se debe juzgar una nación.

En un país europeo, un jefe de gobierno caminaba por las seguras calles de su nación cuando fue objeto de un ataque sorpresivo y luctuoso. Olof Palmer abonaba con su sangre la tierra que amó y pasó a engrosar el listado de víctimas célebres de la inconsciencia. Y no por ello se llevó a Suecia al paredón.

No es que se intente justificar los hechos criminosos, jamás ese sería el objetivo, sino objetivar respecto a la pretensión de justicia al momento de tratar el tema, sin que se procure sacar partido político y aún peor procurar gananciales competitivas en relación a nuestra nación como destino turístico.

Nadie está vacunado de ser víctima o victimario, por ello se mantendrá como constante en nuestras leyes la prohibición al delito y al crimen, compañeros inseparables de la humanidad. Yo, cada día pido a Dios, evitarme esa copa amarga, y tal cual pidió su hijo, el cordero a ser sacrificado por la humanidad, aspirar a nunca verme como víctima ni victimario de un crimen. Y jamás ser huésped de nuestros plenarios penales.

Nuestro país puede llegar a ser más seguro, es una aspiración de todos. Pero no todos asumimos nuestra responsabilidad en hacerlo posible desde nuestras particularidades. Debemos aprender a criar y educar poniendo un esfuerzo especial en que el futuro hombre y la futura mujer respondan a la exigencia de necesidad de una cultura de tolerancia y de paz, y un estilo de vida en tal dirección.

Pero no somos un destino peligro, jamás. Somos una nación de gente buena y unos pocos malos que se desorientan en torno a su deber como colectivo humano, y delinquen, como en cualquier lugar del mundo. O no?