OPINIÓN: El monopolio de la “mierda” legítima. Por Juan Miguel Pérez

La “mierda”, el “coño” o “el diablo” pertenecen a una serie de voces, que a pesar de su omnipresencia en las conversaciones cotidianas de los dominicanos, siempre quedan relegadas del discurso oficial sobre el español hablado en República Dominicana. Ese eclipse parcial de reconocimiento público a lo que es de conocimiento y uso público de esas voces de estatus lingüístico oficioso, es claves para comprender la política de dominación cultural actualmente imperante en la sociedad dominicana.

Empleada por doquier y de maneras abundante y constante, “mierda” es una de esas expresiones que mejor simboliza esa doble verdad permanente en la que actúa el agente social: en la esfera pública de una forma, y en la esfera privada de otra. Concebida como punto de consenso, de comunicación, eso que Norbert Elías denominaba el proceso civilizatorio, el espacio público suele ser el terreno donde nos privamos de nuestros privados para hacer posible lo público de nosotros, o mejor dicho: lo publicable de nosotros. Esa constante publicación que realizamos de nosotros mismos, ese display o escenificación de nuestras intenciones, pasa por un ejercicio de autocensura, que en parte es necesario para fundar comunidad. Para que haya sociedad, tiene que haber intercambio; para que haya intercambio, tiene que haber un lenguaje común; para que haya lenguaje común, tiene que existir una cultura que reglamente las expectativas desde las cuales hablamos, de manera tal, que el receptor sepa interpretar de manera precisa lo que el emisor, dentro de sus posibilidades polisémicas, busca decir. Sin esa lógica y ese capital común, cada quien crearía su propio lenguaje a partir de sus propios intereses y expectativas, haciendo inviable la común-icación entre sí de las personas. Pero qué pasa cuando la censura no parte únicamente de un ejercicio de necesidad comunicativa, sino que forma parte de un ejercicio de dominación política, a través de las formas éticas y estéticas propias de una parte de la sociedad sobre las de las otras partes de esa misma sociedad.

Recientemente, un grupo de jóvenes, organizados políticamente, lanzó heces fecales de origen animal sobre la fachada del edificio sede del Poder Judicial del Estado dominicano, en protesta por la política actual en materia de Justicia. El conservadurismo reaccionó rechazando el uso de excrementos como forma de protesta política. sabemos el grado de desconfianza de una mayoría de ciudadanos en el sistema judicial del país, que en boca de muchos dominicanos, bien pudiera ser calificado bajo la etiqueta popular de “mierda” para describirlo. Qué nos dicen esas reacciones de la constitución actual de la República Dominicana de hoy. Aquí el esbozo de algunas ideas.

1/La “mierda”: un asunto de legitimidad cultural

Si la mayoría de académicos dominicanos de la lengua no fueran tan conservadores (una característica típica de un saber ideológico academicista, y que delata cómo el lenguaje es uno de los búnkeres para la preservación del estatus quo), le hubiesen hecho ya un reconocimiento público al “coño”, como una de las herramientas fundamentales de comunicación del ser dominicano con el mundo y sus circunstancias. El polifacético “coño” sirve para extro-vertir y materializar una variedad de situaciones y condiciones, permitiéndole a la gente un apoyo en sus necesidades de comunicar y hacer sentido preciso de sus cotidianos de conexión con lo social. Pero, sociológicamente, “tirar” un “coño” en los “barrios” de Capotillo o Guaricano, no es lo mismo que ese mismo “coño” aparezca en los “sectores” de Piantini o Naco (nótese los usos no inocentes que hago de las comillas). En los primeros ni suena, en los segundos, su pronunciación perturba. En los primeros, donde la vida es sobrevivencia, con toda la rudeza que eso conlleva, el “coño” pasa como instrumento lingüístico amortiguador frente a una realidad, valga la redundancia, del “coño”, expresión que suele referir a situaciones difíciles o de excepcionalidad. Igual “mierda”. Esto nos lleva a pensar: cómo se etiqueta en una sociedad una “mala palabra”; quién y bajo cuáles argumentos, el criterio dominante le pone el cascabel ruidoso a una palabra considerada como disonante con las buenas costumbres y moral hegemónica de una sociedad. La crítica a la “mala” palabra es como la crítica a la ortografía: suele existir un sesgo entre quienes critican su uso, y esos que como usuarios son criticados, omitiendo los primeros las necesidades y vivencias que llevan a los segundos a determinadas prácticas lingüísticas.

Desde el siglo XIX, el criterio estético de la burguesía estructuró el monopolio de lo bello y lo sublime. Todavía hoy, la burguesía tienen en las academias de la lengua a una de sus mejores aliadas, y las cuales hacen los tratados, comenzando con los diccionarios y manuales del hablar “bien”. Todo lo que no era y es ese criterio estético, cae bajo la categoría de lo “ridículo”, lo “cursi”, lo “kitsch”. Heredera de la estética aristocrática (pero sin producirla, solo consumirla), la pequeña burguesía tomó la cultura aristocrática e hizo con ella lo que pudo, siendo una clase esencialmente dedicada y curtida en los asuntos comerciales, no en el cultivo de la erudición y las artes, como lo hacía la ociosa clase aristocrática. El criterio burgués promueve una proporción de las formas, un gusto por lo límpido, por la organización de las figuras geométricas, una tendencia por el silencio, por la moderación, por los confines suaves, los gustos “dulces”, los paisajes tenues, los colores manso, dicho en pocas palabras, por valores domesticables. El uso del lenguaje no es ajeno a esos criterios que son los que se promueven como los correctos, los referenciales, los paradigmas considerados como los verdaderos, es decir, como los legítimos. Para eso, está la publicidad, que posiciona desde el cabello lacio, hasta la pronunciación que debemos tener. Así se va construyendo poco a poco las fronteras de lo aceptable y lo inaceptable, de lo bonito y lo feo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo elegante y del “mal” gusto, de las lindas palabras y de las “malas” palabras, etc. En el neoliberalismo, todo eso se acelera, como proceso de homogeneidad, dentro de la cual funciona, se estabiliza y se consolida la sociedad jerárquica. Esa estructura de criterios estéticos, que tiene, reitero, su concreción en la estructura social paralela, pasa a nuestros estamentos mentales como estructuras de apreciación cultural de valores diferenciados. Rechazamos “mierda” no tanto por ser heces fecales como tal, que no deja de tener gran importancia (nadie quiere estar cerca de excrementos), sino por su cercanía con la figura que nos hacemos de las heces como contraposición a las ideas propias de las clases dominantes. En otras palabras, el problema de las heces no son las heces per se, sino el contraejemplo que las define. Y el neoliberalismo, a pesar de nuestras vigilancias, nos hace sujetos neoliberales, escondiendo en nuestros inconscientes esas actitudes neoliberales a las cuales es difícil escapar del todo, incluida la repulsión ante la idea de heces, que aunque forma parte de la naturaleza de la vida, nos la han puesto a vivirla como rechazo. Por eso, la resistencia conservadora que genera en muchas personas lo ocurrido frente a la Suprema Corte de Justicia.

2/La violencia de Estado como “mierda”

El gran mérito de Weber en su definición del Estado como la instancia que ejerce el monopolio de la violencia física legítima, fue precisamente evidenciar no tanto el carácter legítimo de su acción, sino más bien la legitimación de su violencia. La legitimación, Weber la define como la justificación interna que carga una acción, y que le imprime propiedades de autoridad a la misma. Para Weber, existen tres fuentes de legitimidad: la costumbre, la gracia o carisma, y la legalidad. La acción de tirarle heces a una institución del Estado considerada como “mierda”, rompe los tres criterios dominantes de legitimación weberianos de una acción: la tradición que rutiniza formas y automatismos de actuación; el encanto o gracia del valor dominante; y la acción contra el poder legalmente establecido. Así, tirarle “mierda” al Estado es una irreverencia, no solo para la guardia pretoriana del orden establecido, sino para muchos que intentan reformar el mismo orden desde su interior.

Y si choca la acción, también nos vemos chocado por la reacción de espanto de algunos. Al final, cabe cuestionar: qué tan lejos está la idea de “mierda” de la realidades que hacen la vida misma de la gente, o de lo que le han fabricado a la gente como vida en RD. En un país, donde las grandes mayorías viven en condiciones que el imaginario común ubica, calificaría e incluso, en las conversaciones privadas, nombraría como condiciones de “mierda”, resultaría cuesta arriba pensar que la gente vive sus cotidianos primarios lejanos de las palabras que promulgan, como acto de habla, esas realidades. Así como cuando durante el acto sexual, el lugar más intimo de la cultura occidental, todo lo que censuramos del mundo social, de repente lo liberamos mediante la palabra clandestina que sale de sus escondites, así mismo, es difícil que la vida de la gente en condiciones de pobreza pueda soportar ser vivida bajo los eufemismos edulcorados con los cuales los dominantes entienden y representan el mundo. Una de las paradojas del mundo social, es que mientras más abajo se encuentre una persona en la estratificación social, más concreta son las realidades, menos sublimes son los días, y más necesidad de sublimarlos se tiene. Por eso, los humildes necesitan desde un Cristo de palo para cristalizar sus esperanzas necesarias, hasta una telenovela donde ver escenificadas posibilidades, aún idílicas, pero posibilidades al fin, de aspiraciones personales para salir de sus dificultades.

El agente social suele proyectarse donde primero se ve proyectado, el agente social suele imaginarse donde se busca imaginado, como si el sujeto busca ser primero objeto cuando no alcanza lo que procura. Los protocolos de interacción y convivencia social que suelen aprender los miembros de las clases dominantes para convivir bajo la paz burguesa, suelen ser mecanismos de mediación entre el mundo real (el completo), y ese mundo que vive del real (el de los privilegiados). Ese es el mundo cuando los de arriba solo lo viven desde arriba, ese mundo parcial que se vive como una película muda, donde el silencio favorece al estatus quo; donde el lenguaje que conviene es el de la pasividad, que es el que disimula la violencia de la comunicación que se hace entre dos personas en situación de jerarquía y en condiciones de desigualdad. En ese lenguaje las palabras no son palabras de explicación de la realidad, sino palabras de dominación, es decir, de negación de cómo se constituye y mantiene esa dominación.

El Estado dominicano, síntesis donde convergen y se encuentran herederos y oportunistas de la clase dirigente, ejerce el monopolio de la fabricación de la violencia social de precariedad e incertidumbre que agobia a la inmensa mayoría de dominicanos, y que ha sido legitimada por décadas de una política de elites, por y para ellas. Esa guerra social al pobre, la vemos cuando le olvidan el pavimento de sus calles, la limpieza de sus desagües, la energía eléctrica con las cuales espantar los mosquitos de sus cañadas, o refrescar el calor de su hacinamiento y techos de zinc; esa violencia de un sistema educativo que no brinda oportunidades reales de inserción laboral, de un sistema de salud que no tiene lo mínimo para salvar las vidas que mueren por negligencias o falta de recursos; esa guerra social donde la legalidad, a través de sus instituciones, te trata como una verdadera “mierda” cuando no perteneces a las clases importantizadas de la sociedad dominicana.

Cuando el Estado tiene el monopolio de esa violencia legitimada por la fuerza física que poseen los dominantes frente a la indefensión de los débiles, cabe uno preguntarse si echar heces en la sede del fallido Poder encargado de administrar Justicia, no es devolverle al liderazgo nacional parte (y solo parte) de la materia prima que ese liderazgo ha vertido en la gente de RD, y con la cual han levantado nuestro presente. Que esos funcionarios defequen con sus acciones en la gente sería legítimo, pero que la gente le eche heces al liderazgo sería un atentado a las buenas costumbres. Por eso, si la acción reciente acercó en términos generales el significante “mierda” de los significados políticos que asume en el discurso público de la gente, en otras palabras, si decir las cosas por su nombre cala en la gente cansada de discursos llenos de mentiras y disfraces, entonces el discurso público habrá ganado sinceridad en RD. Continuar hablando con eufemismos sería en cierta medida tapar la dura realidad de la gente, y la burla de la clase dirigente ante esas calamidades y tribulaciones que vive la mayoría de dominicanos hoy.