OPINION: Las pobladas no son por hambre. Por Melvin Mañón

Los pobres – en la historia- siempre han sabido como vivían los ricos puesto que veían sus caballos, pasaban cerca de sus castillos y palacios, conocían sus carruajes, respetaban su atuendo o temían investidura, admiraban respetuosos sus lujos y rara vez sus mesas pero no envidiaban a esos ricos con el rencor de ahora porque se sabían pobres de por vida y estaban acostumbrados a que los otros fueran, -también de por vida- ricos. Estaban resignados, era su destino, como el de sus padres y como el de los hijos. Ni siquiera eran capaces de concebir que pudiera ser de otra manera. Se rebelaban, eso si, pero solamente cuando el abuso los apuraba o el hambre no les dejaba alternativa. Era esta combinación la que desataba las revueltas. Lo demás era morir trabajando, arrastrado a un guerra que no era suya o podrirse despacio y sin remedio.

Ahora es distinto. La publicidad y el exhibicionismo de los medios de comunicación difunden sin cesar un mensaje que promete a los pobres el consumo, el modelo, el bienestar que el sistema no es capaz de proveer ni en el tiempo anhelado, ni en la cantidad deseada ni al costo prometido. Este apetito desatado crea violencia cuando esos pobres entienden que la promesa publicitaria se ha convertido en un derecho adquirido a cuyo disfrute no pueden acceder si no es con trampas o violencia.

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Las revueltas y pobladas, incluso muchas de las guerras que hoy se libran no han sido desatadas por el hambre sino por el deseo, la aspiración irrenunciable de bienestar. Las sociedades que conocemos, -aceptando por supuesto cierto número de excepciones- sufren carencias pero en realidad no mueren de hambre ni están tampoco en peligro de sucumbir por inanición. No comen todo lo que quieren ni tampoco como quisieran comerlo; no están protegidos en caso de enfermedad ni gozan de educación y otras formas de protección esenciales. Sin embargo, lo que no hacen o pagan por una comida lo gastan en unos zapatos deportivos, una gorra de moda, un celular inteligente y sobre todo, gastan y acuden a ambientes que los conectan con el bienestar y la prosperidad o la mera ilusión de estos.

Los pobres del mundo de hoy viven neurasténicos por el incomprensible desajuste entre la promesa y la realidad, por el apetito desatado y siempre insatisfecho. Pero, el hambre de bienestar insatisfecha es también un motor; el sistema no puede renunciar a difundir y promover esa promesa ni a la publicidad porque está en su naturaleza mas íntima e irrenunciable y de hecho, la dinámica que desata esa publicidad y esa promesa son esenciales tanto a la estabilidad del sistema como a la maquinaria productiva y la generación de lucro que lo alimenta.

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Así como la reforma agraria dejó de ser un reclamo que movilice a los campesinos en buena parte del mundo, la promesa de comida para no pasar hambre dejó de tener significado como llamado político. Hay todavía millones de personas que viven en el campo, pero no son ni quieren ser campesinos y muchos de los que todavía son campesinos no necesariamente son o quieren ser agricultores. Pues en el ámbito urbano acontece algo similar. La gente, los pobres de la ciudad, quieren el pedazo de la prosperidad que les prometieron, el whiskey, la cerveza, las telas, los autos, los ambientes, las mujeres, los lujos, desenfrenos, las marcas, fiestas, ritmos, resorts y derroches que asocian con el bienestar en cualquier versión publicitaria.

Nacieron pobres pero están resueltos a no morir pobres. Prefieren morir jóvenes pero no resignados. No tienen las ataduras morales ni culturales de sus mayores porque han visto la sociedad y el país entero desmoronarse ante sus ojos. No tienen que respetar la autoridad moral de los ricos porque no le reconocen ninguna y están convencidos de que son ricos porque robaron y porque hicieron trampa pero quedaron bien.

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No temen a Dios porque han visto a sus representantes convertirse en empresarios, en pederastas o en cosas peores; no hay nada que los detenga excepto el miedo a la autoridad y ese también lo han perdido a medida que esa misma autoridad se degrada ante ellos comulgando con su propia delincuencia. Nada de esto es nuevo, muchos dirigentes, pensadores y estadistas lo han explicado pero es oportuno recordarlo a una sociedad que no lee, desprecia la historia y, como el avestruz, esconde la cabeza para no ver la tragedia que se le viene encima y que merecida se la tiene.