OPINION: Un limbo insondable. Por Marino Vinicio Castillo

No cesan los tumbos y cada dia aumenta más la incertidumbre. Muchas veces alego tener como ventaja la vida prolongada y me parapeto en la mención de la experiencia, pero no como un modo de demandar el acierto, sino más bien para preservar la buena fe de cuanto advierto.

La ancianidad no es necesariamente declinación; tiene conmovedores momentos que sirven para la recordación constructiva de hechos y circunstancias que ocurrieran hace mucho tiempo, pero que conservan la fortaleza de ser precedentes interesantes para el cálculo de las magnitudes de los desastres por ocurrir.

Hoy quiero recordar, sin ánimo de agravio, un limbo social y político que se presentara en el año sesenticinco, días antes de estallar la legendaria tragedia de la revolución. El régimen de facto que sobreviniera al espanto de la supresión del inerme ensayo democrático, luego de un tercio de siglo de opresión, no atinaba a definir cuál sería la salida de aquella traumática situación de facto. La demanda de la restitución de la democracia y la vuelta a un estado de derecho era creciente y en medio de aquel torvo contexto de guerra fría la crispación popular era inquietante.

La cabeza política del poder, que no se había visto envuelta en los momentos del siniestro madrugonazo, cuando se le vio luego entrar a dirigir el mutante Triunvirato, significó una leve esperanza de apertura y de vuelta a la normalidad en términos democráticos, en razón de que se le reconocía una innegable bonhomía.

Sin embargo, ocurrió que vino a primar el contexto de la conflictividad mundial para trabar una solución nacional ordenada. Un nefasto personaje centroamericano de gran poder y bien colocado en la sensitiva capital de Occidente que era entonces Washington, se adueñó considerablemente de la capacidad de decisión del joven gobernante de facto, al grado de llevarle a cometer errores como uno que he citado en mi programa La Respuesta.

Me refiero a una sana advertencia que le hiciera un joven oficial de policía a quien el gobernante estaba protegiendo mediante su traslado a la guarnición más poderosa de nuestras fuerzas armadas, en ocasión de una airada discrepancia del joven oficial con un Jefe de Policía reconocido por su índole autoritaria.

Ocurría que en el entonces principal barrio residencial de Gazcue habían nacido y se habían criado, tanto el presidente del Triunvirato y sus valiosos hermanos, como el joven oficial policial. Tal era el enclave afectivo y fue por puro acaso un tercer amigo, también oriundo del prestigioso barrio, quien se encontró con este último y le pregunto: “-Francis, cómo ves tú las cosas? -Ramón dile a Donny que fije la fecha de las elecciones, que la guardia está conspirando y lo van a tumbar. -¿Tú te atreves a decírselo? -Claro que sí”.

Y así se produjo el encuentro entre los tres amigos de infancia de Gazcue. “ -Ah, tú Francis con tus cosas de siempre– le respondió el presidente del Triunvirato. “-¿Tú crees que yo estoy aquí sólo porque quiero? No. A mí me sostiene aquí la potencia más grande de la tierra”.

Eso mismo se lo dijo al día siguiente en un desayuno a dos prominentes ciudadanos tíos del gobernante el arrogante consejero extranjero de mención exclamando para cerrar las explicaciones: “-Señores, el poder no se entrega”.

Días después en conferencia de prensa el obnubilado Presidente reaccionaba de este modo cuando una joven periodista le planteaba como un posible problema la no fijación de fecha para las elecciones: “-Yo no sé. A Dios que reparta suerte”. Tal fue la airada respuesta.

Y en efecto, tan sólo días después hubo reparto de suerte, no porque la dispusiera Dios; pareció más bien obra del Diablo: Una revolución seguida de una intervención militar extranjera, diez mil muertos, decenas de miles de heridos y daños asombrosos de todo género.

Desde luego, el joven oficial policial de la sana advertencia pasó a ser el héroe nacional que encabezara la resistencia a todas las ofensas de la patria malherida.

Ahora, cuando siento la incertidumbre crecer en este limbo y leo en la prensa la expresión del presidente democrático nuestro que dice, al desgaire, “casi casi estoy por hablar”, en relación al gravísimo conflicto de una reelección de tercer periodo, pienso que su ausencia de comprensión es trágica, sobremanera cuando se entiende que la ilegitimidad que surgiría de todo ello es muy capaz de engendrar rebeldías catastróficas por ser los tiempos actuales tan azarosos en tensiones y luchas de espacios de escala mundial en una nueva versión de ominosa guerra fría entre China y Estados Unidos de Norteamérica. Uno, representando la historia, según la versión del propio Presidente al establecer relaciones diplomáticas formales; y el otro, por natural argumento a contrario, la antihistoria. ¿Quieren ustedes una muestra de tumbo más neta que ésta?

En suma, nuestras circunstancias son muy aciagas y no las merecemos según se ha hecho mediante la implantación de un desequilibrio institucional que habrá de excitar aventuras trágicas contra nuestra paz.

Me dije, meditando a fondo, este limbo prosigue y La Pregunta que habrá de salir a la luz pública, en medio de ese filoso ambiente de desatinos, me servirá para plantear un convencimiento como éste: La verdad es que resultará poco menos que imposible contarle esta tragedia a la historia. Son tantos los errores y tan variadas las perversidades que resultará muy difícil cuantificar las consecuencias de estas perturbaciones de nuestra normalidad democrática.

Parecería que por lo bajo la sinuosa insidia de la traición está empujando en este caos la posibilidad de que nos degrademos en términos extremos y nos hagamos inviables, tan poco factibles como Estado, a imagen y semejanza del estado tribal que nos asecha incesantemente, pretendiendo que nosotros somos usurpadores y que el territorio que ocupamos es su Décimo Departamento, según les señalaran sus sanguinarios ancestros.

En verdad, lo que se ha hecho para dañarnos cada dia ofrece un menú de vértigos ante nuestra descomposición integral y generalizada.

Los libros dedicados a tratar los temas de descomposición social de los pueblos, escritos para otros medios sociales tenidos por más avanzados, en realidad, sólo nos ayudaron a columbrar cómo sería el desastre entre nosotros, pero apenas han servido para armarnos de presentimientos, pues, cuando ha llegado la realidad de la inminencia del colapso, es cuando uno cae en cuenta que por mucho horror que nos enseñaran esos libros jamás tendríamos una visión aproximada de cómo nos podrían desintegrar.

Ahí tenemos un cementerio de paradigmas y pseudoparadigmas, como la familia, aquejada de ruptura; la política envilecida hasta no poder fijar límites, el comercio y los negocios por igual, en manos de la exacción y del lucro insaciable; la amistad moribunda; el sosiego público destruido, las creencias, costumbres, tradiciones y valores agredidos, en fin, todas las fibras del tejido social de la nación que han sido alcanzadas por la infección catastrófica e la anomia trituradora que terminaría por hacernos irreconocibles.

Se intenta ciertamente disimular los estragos y esconder los escombros de nuestro ser nacional y se dice que todo es culpa de los tiempos en una humanidad sumida en un desorden inmenso, aunque engalanada por progresos tecnológicos inauditos. Se silencia, no sin malicia, que todo ello es devorador de valores tenidos como eternos en la fase del atraso civilizatorio que ellos afirman ha vivido el mundo en los últimos siglos.

Ha entrado a escena esa ramera de la Moda de brazos del Consumismo alucinante y todo lo que viene se tiene como nuevo y estupendo y se ha dejado el pasado como algo inútil abarrotado de ridículas leyendas, de falsos méritos sin ningún merecimiento, en gran medida dándole la espalda a Dios.

Se pretende hacer tabla rasa de cuanto ha existido bajo la consigna sobreentendida de que hay que desarrollar nuevas escalas de valores, promoviendo cosas que sólo por injusta obra del atraso se tuvieron como vicios reprensibles.

Así el crimen ha pasado a ser un glorioso Cid de un supuesto progreso verdadero y se nos dice que no hay por qué temer a los avances transformadores de los nuevos tiempos. Lo que se tuvo como el mal ha pasado a ser el flamante bien de este presente que no tiene nada de desquiciante.

Frente a ese panorama pensé en lo trágico que resulta convencerse de que no cabe ya la expresión inmemorial del dolor “mañana lloraré”, cuando se presienten los males. Pienso que me equivoqué, pues ya lo estoy haciendo ahora, con ésta que es mi queja.

Y lo peor a mis años es que no puedo desentenderme de lo que ocurre en este ocaso. No puedo ejercer el egoismo de decir “yo cumplí y ya estoy listo para partir”; y con ello consolarme.

Pero no es posible hacerlo cuando se ha amado tanto la familia y, sobre todo, la patria, que no pudo sacar del corazón la tormenta de vilezas. El sufrimiento para acallar este dolor hay que esperar que llene el último aliento.

Desde luego, debo enfatizar que no ignoro la existencia de muchas virtudes y esperanzas que permanecen aún entre nosotros; sé bien que nuestro pueblo ha sabido sobrevivir de muchas maneras en sus adversidades; conozco algo de sus pocos auges y sus muchas caídas; he conocido de su historia cómo han sabido obrar sus puñados de héroes y mártires en las horas terribles.

Y eso es lo único que me salva del desaliento de llegar a creer como posible la rendición del pueblo nuestro.

Con la ayuda de Dios saldremos a camino como siempre. Eso espero, aunque no esté para verlo y solo quiero que no se agote mi abominación frente a todos aquellos que pudiendo salvarnos nos hundieron. Se pasaron a la traición y fueron incapaces de comprometerse en la defensa de todo cuanto hemos sido como pueblo.

¿Creen ustedes insondable este limbo? ¿Son fantasiosos mis presentimientos y temores? Les dejo ésto como tarea a sus conciencias.