¡Ya está bueno!. Por Jose Luis Taveras

No tengo ganas de escribir, estoy mentalmente estreñido. Las ideas, al parecer, se han declarado en huelga. Mis dedos, enredados en su complicidad, caen sobre el teclado tan pesadamente como cuando me dispongo un lunes a ordenar mi escritorio. Esta inapetencia mental es una mezcla menstrual de aburrimiento, fastidio y encono… ¿qué sé yo?

Quizás la palabra más certera para darle apellido a esta sensación de vacío sea “harto”. ¡Eureka! sí, eso es: ¡harto!, ¡harto! Aunque, pensándolo bien, no es lógico estar harto de nada. ¡Ay, ombe!, lo menos que quiero es filosofar en este trance y en un medio donde esa “vaina” es dilección de locos, oficio que no da “cuarto” por ningún lado. “¡Cuarto!”, cónchole sí, esa sí es una palabra honorable, que se conjuga con los verbos más exclusivos: “gozar”, “beber”, “ligar”, “joder”, “ostentar”, y todo lo que pueden hacer, a su oficial manera, los lactantes del Estado y los VIP´s que ven crecer el PIB en sus bolsillos mientras el hambre de los otros desata petardos gástricos como espectáculo pirotécnico del éxito de aquellos. “¡Cuarto!”: palabra soberbia, colosal y mágica, que convierte en inmensos a sus acreedores; vocablo audaz que se defeca en el talento y se limpia con el mérito para imponer su dogma de que “vale quien tiene”.

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Me hastía un país congelado en sus realidades. Estoy harto de la queja perezosa, del lamento sin acción, de la crítica sin proposición, de la rabia sin puño, de la teoría sin planes, de las políticas sin ingeniería, del patriotismo sin fusil, de los insultos sin bofetadas, de los desahogos al viento, de las quejas sin eco, de las cruzadas bélicas en las redes sociales.

Harto de una sociedad rumiante que se complace en el ocio de sus desdichas, que aguanta agravios, engaños y dolores. Harto de los mismos nombres y siglas, de llamarle talentoso al mediocre, honorable al ladino, reverendo al hipócrita y grande al enano. Harto de vivir en un país estrella en el ranking global de las tragedias: corrupción, mortalidad vial, inseguridad, insalubridad, tráfico ilegal de todo, prostitución y mil virtudes. Cansado de ver llover sobre nuestras inmutables omisiones.

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Seguimos oxigenando un sistema agonizante. Los intereses de pocos y la apatía de muchos no lo dejan morir. Hemos consentido irresponsablemente este estado de cosas. Y es que desde que el Estado se hizo hacienda y sus servicios negocio, la participación política es una oportunidad cotizada donde los que llegaron adquirieron derechos perpetuos y los que ingresan pagan el precio de la plusvalía. Pero ¡qué malos ciudadanos somos! Lo sabemos y preferimos mirar para otro lado o hacer circo con sus desmanes. La misma vileza de un padre cuyo bolsillo se agranda con la prostitución de su hija.

Somos héroes en la inamovilidad, enanos en la audacia. La inacción nos ha castrado las fuerzas. Cada quien está ocupado en su propio mundo como si fuera posible segregarlo del destino de todos. El problema más acuciante del pueblo dominicano es que se le ha olvidado pensar colectiva y orgánicamente. Cada quien gobierna su propio fragmento de una colectividad más sentimental que tangible. Les hemos otorgado, por omisión, a un reparto de improvisadores el derecho a disponer de nuestra suerte; les hemos aceptado impunemente sus aberraciones; les hemos hecho creer que son predestinados. Nuestra irresponsabilidad es generacionalmente irredimible.

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El historiador británico Arnold J. Toynbee decía que “la apatía puede ser superada por el entusiasmo, y el entusiasmo sólo puede ser despertado por dos cosas: en primer lugar, un ideal, que la imaginación tome por asalto, y en segundo lugar, un plan inteligible para llevar a la práctica ese ideal”. Tenemos el ideal: todos aspiramos a participar de los beneficios de un verdadero desarrollo; nos falta el plan. Este es el asunto medular en la dialéctica de nuestro pensamiento social: planear el cómo antes de decidir en el quién. Nuestra crisis no es de hombres; es de ideas, de planes socialmente concertados, de pactos vinculantes a los que se aten los sujetos del Estado y las políticas públicas. El caudillismo es la expresión política más sintomática de la crisis de las ideas y del colapso de las instituciones; un exceso de la confianza de los pueblos en sus líderes por la falta de fe en sus propias capacidades. Se nos ha hecho tarde para cerrar ciclos y borrar nombres; no dejemos que los ímpetus alucinados de los instintos impongan su imperio, aunque quizás así, bajo su sombra, nazca por fin el entusiasmo que nunca ha parido la desidia acomodada. Si ese es el plan, entonces, adelante, sigamos indiferentes, por ser la ruta más rápida y segura para llegar a ese desenlace.

¿Cuándo estrenaremos otros nombres, visiones y decisiones? ¿Cuándo llegarán los que piensan diferentes? ¿Será posible atar la suerte de tantos a la voluntad de los pocos de siempre? Padecemos los rigores de una conciencia social ausente sin ímpetu para dar un bostezo ni decoro para parir un eructo; evoco a Cesare Pavese: “la fuerza de la indiferencia es la que permitió a las piedras perdurar inmutables durante millones de años”, solo que nuestro suelo social es muy arcilloso: al menos sus grietas nos abren la esperanza de algún derrumbe que nos despierte. ¡Qué vivan los escombros!