La sociedad: víctima de lo tangible. Por Jose Miguel Gomez

Cómo gestionas el riesgo, los problemas, las limitaciones, las crisis, los conflictos y las desavenencias. Con cuál sistema de creencias funciona para percibir de forma objetiva lo que pasa en tú vida, y en la vida de los que te rodean. Cuando las cosas van mal cómo te preparas para valorar el riesgo, las consecuencias y el impacto que te ha de tocar en la finanza, en la familia, la pareja, en lo emocional y social. ¿Qué haces cuándo los demás están mal y tú estás bien? ¿Sabes qué hacer, cuándo otros en las crisis no saben qué hacer?. Pienso que es hora de agarrar el timón de tú vida, darle un giro, cuál es tú norte, dónde anclar y reflexionar; empezar de nuevo, no rendirse, no ceder, crear utopía, sembrar ideal, tener esperanza. Recuerda, la esperanza es la pasión de lo posible y lo posible se construye día a día. No permitas que la fiesta del consumo y la vanidad del mercado, la codicia y la gula de un mundo global y de sociedades en plena desmoralización sin esperanza, te robe la vida y la de los tuyos.

Vivimos en un espectáculo, el entretenimiento nos distraen con las redes, el internet, Facebook, Instagram, snapchat, la televisión, las novelas, las revistas, etc. Hoy somos víctimas conscientes de los que nos secuestran la vida, los sueños, la felicidad y la esperanza. Nuestro bienestar y felicidad se la hemos dejando al mercado, al dios dinero, a la vanidad y a la necesidad existencial del estatus comprado. Literalmente, la crisis es existencial, moral, ética, humana, ideológica, pero sin reseca moral. Por el otro lado, nos atrapa una crisis de identidad generalizada, donde a nadie le importa coincidir con el otro o hacer lo mismo que el otro, tener los mismos hábitos y los mismos resultados. Nadie quiere tomar distancia, pensar diferente, atreverse a escuchar su conciencia, oír su corazón y hablarle a su alma. Ya no solo somos analfabetos emocionales, personas light, gente poco sintiente, deshumanizada y víctima del mundo financiero. Ahora de verdad somos una sociedad más pobre; la pobreza ahora es espiritual, moral, ética, institucional, de las religiones, del pensamiento de luz corta, de la ausencia de utopía, de libertad, de justicia social, de gente sin piel y sin ganas de vivir el ideal social.

Antes, pocos se rendían. Las personas por pobres que sean apostaban a vivir con dignidad, con su vergüenza y su orgullo, antes que traicionar su conciencia, su sistema de creencia, su identidad, su referencia y personalidad. Lo poco que tenían lo defendían, ya que era su identidad, él era su libreta de ahorro, su tarjeta de crédito, su papel de buena conducta, su pasaporte, su legado, su referente en lo público y lo privado. Ahora ¿qué somos, para qué existimos, cómo queremos ser recordados, a quién queremos parecernos, etc.? El mundo cambió la utopía, el paradigma, la ideología, el ideal; pero también, cambió el hombre, la mujer, los jóvenes; cambió la familia, la escuela, la iglesia, los padres, los servicios, las personas, etc. Vivimos en una crisis moral y atrapada en la desesperanza aprendida.

Siento y olfateo la desmoralización sin esperanza que socializó Sulliman décadas pasadas, o la anomia del maestro E. Durkheim, o crisis de la identidad generalizada que habló Zygmunt Bauman. Se impone el optimismo de aprender a sacar sol y alegría de un día nublado y triste. Las crisis ayudan, cuando las personas tienen los propósitos de saber qué hacer, cuando otros no saben qué hacer. Hoy se impone la adaptación social, el compromiso, el proyecto colectivo, vivir con propósitos saludables y empoderamiento social e individual. Los jóvenes tienen que aprender la lectura del Brexit en Londres, donde votaron los conservadores por la salida de la unión europea, ante la indiferencia y pasividad de los jóvenes. Ahora se dan cuenta del impacto de las consecuencias económica, sociales, y de las falta de oportunidades de vivir la vida global y regional. Hoy no se puede vivir de espalda y en silencio ante el sufrimiento, el dolor y la exclusión de los demás. Las consecuencias las pagamos todos y la sufrimos todos. Los más vulnerables pagan con sus vidas, mientras otros enferma y padecen de su salud mental. Son tiempos para reflexionar, tomar distancia y sembrar utopía.