OPINIÓN: Juan Bosch, el ídolo caído. Por Ling Almánzar

Quiero recordar un hecho infausto: el golpe de 1963. Los golpistas tumbaron a Bosch y mataron la democracia: fueron liberticidas. Nada justifica el golpe: ni siquiera la incapacidad administrativa de Bosch. Sin embargo, la ineptitud boschista desató las energías que sepultaron la constitucionalidad. Don Juan fue tan brillante en la literatura como inepto en el poder. Su gran virtud reside en las letras y en la honradez. Es imposible no ver en él a un virtuoso de la palabra, a un maestro de la política. Vivió para educar y para servir: su vida fue una semilla fecunda.

Sus dotes de maestro le faltaban como gobernante. En efecto, fue incapaz de mantenerse en el poder: no pudo realizar su propio concepto de buen gobernante. Para él Trujillo era un arquetipo de gobernante, pues supo mantenerse en el mando. Lenin era otro ejemplo: había sido pragmático para hacer la revolución bolchevique. Reconozco el pragmatismo de Bosch: pactó con los despojos trujillistas, siendo aliado más que opositor; su «Borrón y cuenta nueva» aplacaba la ira de Ramfis y era una cómoda garantía para los trujillistas. Su triunfo electoral no fue suyo: fue el triunfo del trujillismo montado sobre la democracia. La dictadura se vistió de democracia: disfraz peligroso, traje suspicaz. Bosch los captó pero no supo manejarlos: debió aprender que el títere debe obedecer al titiritero hasta que baje el telón. Pero el telón de Bosch se cerró a los siete meses, y le provocó una inquietante frustración. Nunca más volvería a gobernar.

En su efímero mandato, don Juan no movió los mandos militares ni supo lidiar con el empresariado, y sus relaciones con Estados Unidos y con el alto clero fueron tensas. El liberalismo boschista era muy avanzado para los reaccionarios, que lo vieron con ojeriza y espanto. Para ellos era un peligroso eco de la Revolución Cubana. Eso significaba que el comunismo estaba al acecho. Bosch unía a su ineptitud la terquedad. Al final, con el agua al cuello, aceptó la protección armada de Estados Unidos, pero ya era demasiado tarde.

Nuestros gobernantes deberían rescatar las virtudes de ese pequeño gobierno: la austeridad, el decoro, la pureza. Aunque tuvo sus lunares, don Juan es reconocido como un campeón de la honradez. Su fuerza moral era una fuerza impetuosa que lo convertía en una personalidad compleja, en un espíritu sin control. Sus resabios, sus rabietas, se amparaban en un decoro intransigente, en una pureza arrebatada. Si fue el Duarte del siglo XX, también fue un santo sin freno.

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