Sobre dos acontecimientos recientes. Escrito por Cosette Alvarez

En los años 90, Julio Martínez Pozo dirigía el suplemento Semana del periódico El Nacional. Daba gusto conversar con ese periodista. Le agradezco varias reglas que me explicó cuando escribía reportajes, muy de vez en cuando, para ese suplemento. Disfruté mucho de su satisfacción porque había logrado sacar una casita en Bayona, más las historias de un puerquito ajeno que se metía en su patio, en fin, que era un hombre sano y feliz, en franca lucha por dar una vida digna a su familia. Al poco tiempo de haber llegado el PLD al poder, me contaron que Pozo se mudó de esa casita en Bayona a un apartamento en la avenida Anacaona. Y antes de que terminara ese período, ya se trasladaba con una escolta de tres vehículos y su yipeta se la cambiaban cada tres meses. Lo mismo para los demás miembros del equipo de ése y otros programas de radio.

Ahora sale por televisión tomando vino. Físicamente, ya ni se parece a él. Su voz, hace tiempo que se volvió irritante, no hablemos del veneno que con ella destila. Eso está muy lejos de ser un cambio positivo en la vida de un ser humano. Se preguntarán sus hijos dónde habrá quedado aquel profesional trabajador que se sacrificó tanto por aquella casa propia en Bayona. Con toda certeza, no fue en la universidad que aprendió a barrer el piso con la reputación de las personas para defender su «money maker». De verdad, no entiendo cómo un hombre que fue a la escuela no tiene la menor capacidad de reconocer que un ciudadano que, de joven, se sumó a una moda que terminó en adicción, la superó y hoy lucha por los intereses sociales, es una persona que creció, que maduró, que se renovó y que tiene ese sentido de la colectividad del que Pozo hace rato que carece.

Síguenos en Twitter @loquesucedecom

Tampoco entiendo que un profesional de la comunicación con tantos años de experiencia ignore que no tiene el menor derecho a ensuciar el buen nombre de san nadie, que por menos que eso es pasible de sanción del organismo colegiado que le permite ejercer su profesión (sí, ¿dónde está y en qué está el colegio de periodistas, su consejo de disciplina?), y del peso de la ley, claro, donde hay ley. Entonces, pasemos a la tragedia de SPM. Generosamente, hasta por nuestra salud mental, descartemos que se tratara de una acción oficial, de una orden superior. Imagínense que cada beneficiario de un privilegio gubernamental, chiquito o grande, decida quitar del medio a todo el que «atente contra sus intereses» y actúe por cuenta propia.

Partiendo de que «asigún el maco, la pedrá», si a eso se atreven los chivitos jatuejobo, ¿a qué no se atreverán aquellos cuyos intereses, en dinero y poder, son incalculables? No sé ustedes, pero yo estoy asustadísima. No por mí. Tengo 65 años y, si muero, ahí mismo quedan todos mis problemas resueltos. Ya viví, y fue una vida interesante como para contarla. Ya veremos muy pronto toda una campaña de descrédito contra esos dos periodistas asesinados, que si andaban en malos pasos, que si el caso fue pasional, cualquier cosa para arreciar el dolor de sus familiares y que muchos olviden que, ¡oh, casualidad de la vida!, estaban hablando del caso Odebrecht en el momento del crimen.

Síguenos en Facebook @loquesucederd

¡Cuando pienso que buena parte de los hoy corruptos fueron nuestros compañeros! Muchachos y muchachas que vinieron a la UASD desde los barrios de la capital, desde pueblos remotos y campos más remotos todavía, no solamente a formarse académicamente, sino llenos de inquietudes y con un admirable espíritu de lucha. Otros/as, un poco mayores, ya habían peleado en la revolución del 65. Hay que decir que desacreditadores siempre fueron. De ahí a lo que están haciendo ya con menos naturalidad pero mucho más dispuestos a todo, el paso es largo. Actúan como si tuvieran derecho a lo que hacen y se sintieran amenazados de que se les conculque ese derecho. Se han vuelto fieras.

Nunca como hoy, la Patria está en peligro. Si no nos cansamos de luchar (con ellos) por el medio millón para la universidad y demás acontecimientos de la época, mucho menos nos cansaremos de luchar contra la impunidad, contra ellos. Por más que quieran, no podrán matarnos a todos. Y mientras más nos desacrediten en términos de una vida personal que siempre soñaron para ellos a pesar de lo solidarios que fuimos con todos y todas, más nos enaltecen. Por cierto, tengan presente que algunos/as también nos sabemos los cuentos de ustedes, que no tendríamos que inventar nada, ni tienen que ver con su origen pobre, sino con su falta de principios. Así que denle p’allá, que todo pasa y esa plaga maldita que son ustedes también van a pasar, pronto.

Síguenos en Instagram @loquesucede